BALADA DESDE VILLA DOLORES

BALADA DESDE VILLA DOLORES
Drama de la vida
Buceaba por Internet, cuando un título llamó mi atención: “Balada desde Villa Dolores”. Recordemos que una balada, es una forma de contar una historia, una leyenda o relatos épicos, cuentos de amor o de miedo, acompañados por una música suave, melancólica y quizás hasta un poco triste. Me desorientó un poco el título y en verdad no sabía si se trataba de Villa Dolores, mi ciudad. Puse play y me senté a escucharla. La música, se correspondía con canciones de estilo fúnebre, muy utilizadas en los sepelios de gente de color ligados a la música, en la zona de Alabama y otras ciudades cercanas al Rio Misisipi, de pronto una voz dulce y suave, comienza a relatar la historia de su propia vida, una historia muy triste que comienza en Villa Dolores de Córdoba.
Como tenía la dirección de mail de la responsable de subirla, decidí escribirle, y aclaro que deduje que se trataba de una mujer, justamente por su mail.
Pasaron algunos días, quise escuchar nuevamente la balada, pero la misma había sido borrada o bloqueada, pero al regresar al archivo de mensajes, comprobé que me había contestado. Estaba en línea y chateamos un largo rato. Nuevamente me relató su historia y me autorizó a publicarla omitiendo su nombre.
A continuación, transcribo el mail enviado por: “María”, la bautizo con este nombre para facilitar el relato.
“Yo nací en el año 1940, el lugar en la ciudad no lo sé, regresé en varias oportunidades a Villa Dolores, pero no pude encontrar indicios de la casa en la que viví. Recuerdo que era una vivienda grande, dividida en dos, en una parte vivían mis abuelos y al lado nosotros. La casa tenía una galería grande, había muchas plantas, un parral cubría la mitad del patio, y al medio de éste, un aljibe de donde sacábamos el agua fresquita, con un balde que jalábamos con una cadena. Yo iba a una escuela, ahora no recuerdo el nombre, pero cerca de ella había una fábrica de cal. Recuerdo que mi padre siempre me recomendaba no acercarme a ese lugar, pero a mi me gustaba mirar como bajaban y subían por rieles unas chatas de hierro, cargadas con cal, también me gustaba ver cuando descargaban piedras o prendían grandes fuegos, y veía salir el humo y a veces también las llamas por una enorme chimenea.
Los recuerdos de mi infancia son muy lindos, jugaba la mayor parte del día, hasta cuando buscaba ramas para calentar el horno de barro, en donde mi madre hacía el pan, y a veces también cocinaba, todo formaba parte de algún juego. Éramos pobres pero yo no lo sabía, nunca me faltó nada.
Mi padre trabajaba con mi abuelo en una bodega, que estaba ubicada en la Avenida San Martin, casi en la vereda del frente del Hotel Sierras Grandes. Yo recuerdo algunos nombres, como Salagre y Contursi, pero no se quienes eran, posiblemente compañeros de trabajo de mi abuelo.
Cuando yo tenía siete años, falleció mi abuelo. Fueron momentos muy tristes, pocos meses después también se fue mi abuela, no pudo resistir la pérdida de su compañero. Jamás olvidaré esas negras carrozas tiradas por caballos, manejadas por hombres de trajes y sombreros de copa alta también negro, con guantes blancos. Las flores colgando de los costados, recuerdo que los negocios cerraban sus puertas al paso de la caravana o acompañamiento, los hombres se sacaban sus sombreros, algo muy usado en esos tiempos, y el final, esos huecos tan profundos en el suelo, adonde los bajaron con largas cuerdas, y luego el ruido de la tierra golpeando sobre esas negras cajas de madera. Fueron imágenes que nunca olvidé.
Poco tiempo después, el dueño de la empresa despidió a mi padre, diciendo que el que conocía el trabajo era mi abuelo. Le dio mucho dinero y también compró la casa y le sugirió a mi papá, viajar a Buenos Aires, y le dio la dirección de un amigo que tenía una fábrica y le daría trabajo.
Yo nunca había visto tanto dinero junto. Lo contaron con mi madre y mi hermano mayor, y luego lo colocaron en un maletín de cuero al que le pusieron llave.
Recuerdo el día que nos fuimos, en el auto negro, que fue de mi abuelo, mis tres hermanos en el asiento de atrás, mi padre manejaba y yo al lado de mi madre embarazada y gorda, con su panza enorme, apenas cabíamos los tres. El hermano de mi madre, que tenía un camión, llevaba todas nuestras cosas. Él nos guiaba, marchaba adelante. Mi padre nunca había salido de Villa Dolores.
El día que nos fuimos, tuve muchos sentimientos encontrados, la tristeza de despedirme de mi amiga Florencia, quien se quedó mirando como el auto se alejaba, y la ansiedad y la alegría de mi primer viaje, la aventura de ir hacia un mundo de fantasías. A esa edad no comprendía la dimensión del momento que vivíamos, viajábamos cantando, riendo, haciendo chistes. Nada hacia prever el drama que se avecinaba.
Luego de muchas horas de viaje, dos noches mal dormidas dentro del auto, mi madre con dolores cada vez más fuertes, muchas paradas, pero al fin llegamos a la dirección indicada. Habíamos almorzado en un comedor en donde paraban los camioneros, un plato de guiso o sopa muy espesa, con mucho puchero. No recuerdo al nombre del barrio, pero creo que era en Avellaneda. Mi tío estacionó el camión frente a una vivienda, y mi padre detuvo el auto sobre la vereda.
Bajamos del auto corriendo, mirando hacia todos lados, como tratando de memorizar el lugar en el que estábamos. Mi padre abrió la puerta, asegurada con una cadena y alambre, del terreno que había delante de la casa, el cual no tenía ninguna planta, y nos dirigimos hacia la casa. La vivienda era amplia, con grandes ambientes, pero me llamó la atención la altura del techo, lo comparaba con el de mi casa de Villa Dolores, y éste tenia la mitad de altura. Algunos faroles a Kerosén colgaban del mismo, y quedaban a una altura que hasta yo que era la mas pequeña podía prenderlos.
Mi Tío fue a buscar gente para que nos ayudara a descargar el camión, y pronto regresó con algunos hombres que de inmediato se pusieron a trabajar.
En poco tiempo la casa quedó armada. Hacía mucho calor y no teníamos árboles que nos protegieran, por lo que mi mamá se las ingenió para hacer unas cortinas con sábanas, y nos acostamos a dormir la siesta. Por fin una cama. La casa y el lugar no me agradaban demasiado, pero me sentía contenta.
Por supuesto que la ansiedad no me permitió dormir, y pronto me levanté y comencé a buscar mis juguetes.
Pronto mis padres también se levantaron, y mi madre preparó el mate y se sentaron a conversar:
-Tenemos que salir a hacer algunas compras- decía mi papá- mañana es Noche Buena y quiero esperar la Navidad como nunca lo hemos hecho, quiero que pasemos una noche inolvidable en familia, ¿porqué no traes el maletín así sacamos un poco de dinero?
-Pero yo no sé adonde está, creía que vos lo habías bajado del auto.
Mi padre se levantó de un salto, con gesto de preocupación en su rostro. Despertaron a mis hermanos y entre todos revisamos toda la casa, luego fueron corriendo hasta el auto, pero nada encontraron. Mi madre lloraba y decía, esperemos a que vuelva mi hermano, seguramente quedó en algún lugar del camión.
-No puede ser, si lo pusimos en el auto, ¿quién recuerda haberlo bajado? – preguntó mirando a mis hermanos.
Ninguno recordaba haberlo visto.
-Nos robaron gritaba Papá- mientras recorría la casa de un lado a otro, y revisaba una y otra vez todos los muebles, colchones, la ropa y todo lo poco que teníamos.
Mis padres estaban desesperados, mi madre lloraba abrazada a mi padre, yo y mis hermanos mirábamos desconcertados, mientras nos preguntábamos: ¿y ahora que pasará?
En eso mi hermano mayor, tomó el revólver de mi padre, lo colocó dentro de una bolsa y les dijo:
-Tranquilos, yo se adonde viven los que nos ayudaron a descargar las cosas, yo voy a recuperar el dinero- y decidido salió de la casa.
Esa fue la última vez que vi a mi hermano, jamás regresó y nunca supimos de él. Muchas veces me pregunté si en el bolso que se llevó no estaba el dinero, pero traté de desechar esa idea, no podía creer que mi hermano nos hiciera algo así.
Esa noche mi madre, que se sentía muy mal, preparó la carne que había traído, seca en sal, y comimos en silencio. Cosa extraña, no nos atrevíamos a salir de la casa, como si nosotros fuéramos los delincuentes.
Al día siguiente, juntamos el poco dinero que teníamos, yo vacié mi alcancía, y mis hermanos fueron a comprar un poco de fideo y pan. También trajeron algunas verduras que en el negocio habían desechado, y pudimos almorzar. Esa noche mis padres habían tomado una decisión, creo que era lo único que podíamos hacer, pedirle a mi Tío que nos remolcara con el camión, y regresar a Villa Dolores.
La casa estaba en silencio, todos hablábamos en tono muy bajo, como si temiésemos despertar a alguien.
Y llegó la Noche Buena, hacía mucho calor y teníamos todas las ventanas abiertas, tomamos un poco de sopa, repartimos el pan entre todos y nos quedamos llorando en silencio, mirando por la ventana como la gente festejaba la llegada de la navidad, se escuchaba música, algunas explosiones de pirotecnia, se veían cañitas voladoras y personas bailando, riendo y cantando a viva voz. Fue la navidad más triste de mi vida, nunca olvidé esa noche. Temprano se acabó el kerosén de la lámpara y nos fuimos a dormir, al día siguiente volvería mi Tío y regresaríamos a Villa Dolores.
De más está decir que fue muy difícil conciliar el sueño.
A la madrugada, nos despertaron gritos y la luz de un fuego muy intenso. Saltamos de la cama y nos dirigimos hacia la puerta de la casa, y allí lo vimos, el auto ardía por los cuatro costados, alguien mencionó a una cañita voladora. Todos los vecinos colaboraban con baldes con agua tratando de apagar el incendio. Pero todo fue en vano. Miré a mi padre que estaba como petrificado, con las manos sobre su cabeza, y de pronto cayó como fulminado. Alguien llamó a un enfermero que vivía cerca. El hombre vino, lo revisó y dijo que estaba muerto, que podría ser un infarto o un derrame cerebral. Mi madre se desmayó y cayó al suelo violentamente. Una vecina observó que sangraba abundantemente. La cargaron en un auto, una señora me tomó del brazo y me subió al auto con ella, y partimos hacia el hospital.
Mi madre perdió el bebé, y debía permanecer varios días internada, había perdido mucha sangre. La Doctora que la atendía, me vio y decidió llevarme a su casa, le pidió autorización a mi madre y me llevó. Yo estaba muy asustada, habían pasado muchas cosas malas en muy poco tiempo. Cuando le conté a la Doctora que mi padre había fallecido, me llevó hasta la dirección que mi madre le dio. Cuando llegamos estaba el camión de mi Tío en la puerta de la casa, habían cargado todas las cosas, y ocultado el cadáver de mi padre entre los muebles, para poder transportarlo hasta Villa Dolores sin que lo detecten en algún control. Mi Tío, le pidió a la Doctora que cuidara de mí, ya que no había lugar para llevarme en el camión. La señora aceptó de buena gana y me llevó a su casa.
Ella vivía con su hermana, una señora mayor, que pronto se encariñó conmigo, y me llevaba todos los días a ver a mi madre al hospital.
Una mañana, llegamos, y no encontramos a mi mamá, dijeron que se había ido con un hombre que trabajaba en ese lugar, que el día que se fue se la veía muy contenta y que había dejado un recado para mí, que me dijeran que pronto regresaría a buscarme, pero eso nunca ocurrió.
Estas mujeres me criaron, me enviaron a la escuela y con los años me recibí de médica. Elena, mi segunda mamá, como yo la consideraba, me llevó a trabajar con ella, hasta que nos fuimos a vivir a Montreal, lugar en donde me encuentro.
Ellas ya no están, yo vivo con una hija adoptiva, hermosa mujer que me acompaña y me cuida. Se que ya no volveré a Villa Dolores, que todos mis recuerdos son como sueños lejanos, algunas veces la nostalgia me alcanza y lloro, lloro mucho, trato de recordar rostros que el tiempo se encargó de borrar, y escribo o, mejor dicho, escribí mi historia con el ánimo de retenerla, sufrí mucho, algunos tramos de mi vida fueron desgarradores, pero también fui muy feliz, ayudé a mucha gente y poseo amigos que me ayudan en este último tramo de mi vida. Quiero decirle que me alegro mucho de haberlo encontrado, mejor dicho, que me haya encontrado y que desee escribir esta historia, sé que es una ilusión, pero siento que, a lo mejor Florencia, mi amiga de la infancia, pueda leerla y recordarme, no sé, posiblemente Usted lo vea como una quimera, porque yo nunca me enteraría, aun así, por favor publíquela y envíeme una copia por este medio.
TITO MUÑOZ

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TINKUNAKO

TINKUNAKO
Costumbres Argentinas
La Rioja
Muchas veces visitamos ciudades o lugares con la intención de conocer, disfrutando de un paseo o vacaciones, y luego decimos: “yo conozco tal o cual lugar”, pero en verdad solamente cuando compartimos la vida de sus habitantes, usos y costumbres y podemos conocer un poco de sus vidas, solamente entonces siento que podemos decir, “yo conozco ese lugar”.
Yo fui empleado de Banco durante muchos años, y a medida que pasó el tiempo, me trasladaron a distintos lugares para cubrir puestos de mayor jerarquía. Uno de ellos y el último, fue la ciudad de la Rioja, en donde viví durante ocho meses, en un continuo desfilar de asombros y sorpresas, pero solo voy a relatar algunas que me parecieron muy interesantes.
Llegué a la Ciudad de la Rioja, un día domingo por la tarde, creo que, en el mes de agosto, y, primera sorpresa, me habían reservado alojamiento en el mejor hotel de la ciudad, en ese tiempo, el Hotel Plaza, frente a la Plaza 25 de Mayo, a media cuadra de la Catedral y de la Casa de Gobierno. Luego de acomodarme y ubicar el automóvil en una cochera, salí a caminar para conocer un poco la ciudad y ubicar el edificio en donde trabajaría.
A la mañana siguiente, muy temprano me despertó el teléfono, acorde a las instrucciones dejadas en conserjería. Disfruté de un largo baño con agua bien caliente, tratando de relajarme y disminuir el stress que me producía el primer día de trabajo, teniendo en cuenta de que no conocía a nadie en La Rioja. Luego descendí al salón a tomar el desayuno, y cuando me encontraba disfrutando del mismo, segunda sorpresa, comenzaron a llegar hombres vestidos con trajes oscuros, que se ubicaron en posiciones estratégicas, acompañando y protegiendo a dos personajes. Miré con curiosidad y vi que uno de ellos, de tamaño pequeño y muy perfumado, era Carlos Menem, el Presidente de la Nación, quién ocupó una mesa cercana a la mía. Luego apareció María Julia Alsogaray, vestida con un coqueto traje verde claro y zapatos del mismo color, quien se ubicó en la misma mesa para desayunar.
Me di cuenta de que no podía seguir mirándolos, porque llamaba la atención de la custodia.
Rápidamente terminé mi desayuno, tomé una media luna, y me fui caminando hacia el edificio de la Caja Nacional de Ahorro y Seguro.
Luego de presentarme y mostrar credenciales, el personal policial de custodia me permitió el ingreso, y comencé a conocer a los empleados y al moderno edificio en donde trabajaría. Tercera sorpresa, dos plantas muy modernas, con paredes vidriadas y un potente equipo de aire acondicionado. Decidí ubicarme en una oficina de planta baja, desde donde podía ver al personal, al público y a la habitación en donde se encontraba el Tesoro. La verdad es que me sentí muy cómodo, a pesar de que, por algunos días, me sentiría observado por el personal, pero sabía que muy pronto su curiosidad se agotaría.
Luego de tres meses viviendo en el Hotel y recorriendo restaurantes y cafeterías, mi familia pudo trasladarse a La Rioja. Durante esos meses que estuve solo, me dediqué a modificar y restaurar la enorme casa que habitaríamos, cuarta sorpresa.
Era una vivienda de más de cien años, con cuatro enormes dormitorios, placares, y equipos de aire acondicionado por todos lados. Una enorme y larga galería, con una de las paredes totalmente vidriada (puertas ventana de gran tamaño), garaje, quincho, y el patio ocupado por una enorme pileta de natación.
El terreno que ocupaba la vivienda y patio superaba los ochenta metros de largo y unos quince de ancho.
La llegada de mi familia coincidió con el inicio de altas temperaturas, por lo que comprendí la razón de la pilera y el número de acondicionadores de la vivienda, en la cual llamativamente, para mí, no había estufas ni calefactores.
Pronto tuve que adquirir reposeras, que nos permitieran ver televisión en un patio interno, y dormir en ellas si la circunstancia lo requería.
Una tarde llegué de trabajar, ya anochecía, y mientras consumía mi almuerzo-cena, los chicos me contaron que en la casa había fantasmas. Mi sorpresa fue completa, cuando mi señora comentó que ella también los había visto. Quinta sorpresa, aunque yo no tuve la suerte de poder verlos, me tranquilizó la actitud de mi familia, quienes no demostraban temor ni intranquilidad. Me contaron que una mujer alta, vestida de un largo traje color blanco, deambulaba por la casa sin que algún obstáculo le impida desplazarse, pasaba a través de las paredes y desaparecía, también un perro que parecía de raza ovejero, hacia lo mismo. Esto me preocupó bastante, pero luego me fui acostumbrando a escuchar a mis hijos hablar de ellos. Les sugerí no comentar a otras personas lo que ocurría, y pronto no se habló más del asunto, aunque yo siempre miraba hacia todos lados tratando de ver a los intrusos, a veces pensaba que los intrusos éramos nosotros.
La vida continuó con la rutina que la vida en La Rioja nos permitía, y yo creía que ya no tendría más sorpresas.
Destaco un hecho curioso, algunas tardes escuchábamos el estruendo de juegos artificiales, sin que a nuestro criterio hubiera alguna celebración que lo justificara. Preguntando a los vecinos, nos contaron que era costumbre en los barrios, que alguien invitara a su casa a un santo que se encontraba en alguna vivienda cercana o a veces en otro barrio, la invitación era aceptada, y el dueño de la imagen, acompañado por familiares y vecinos, en una fecha estipulada de antemano, concurrían en procesión, hasta la casa del anfitrión, quien preparaba largas mesas con sus respectivas sillas, para brindar un banquete a los invitados. Estas fiestas se extendían, a veces, hasta la madrugada del día siguiente. Un compañero de trabajo, en son de broma, me dijo un día, que los semáforos de la ciudad se colocaron para ordenar el paso de las procesiones.
Luego llegó el quince de diciembre, y a las doce horas, vivimos una extraña experiencia, un estruendo fabuloso de continuas explosiones de diversa magnitud, cubrieron la ciudad. El cielo se cubrió de humo y pájaros que volaban espantados. Yo estaba trabajando y pregunté a una empleada que estaba ocurriendo, y me informó que se anunciaba el inicio de la Novena del Niño Dios.
Mi señora había salido a la calle, y los vecinos le informaron que era una tradición riojana, y que, a partir de ese día, también comenzaba el concurso de pesebres vivientes. Esto además de muy curioso, era muy lindo de ver, en cada cuadra de la ciudad, en un garaje, porche, galería o construcción de la casa que lo permitiera, se construía un pesebre, y los miembros de la familia junto a vecinos y parientes, personificaban a los personajes bíblicos, por lo que todas las noches recorríamos las calles de la ciudad mirando los diversos trabajos. Esta fue la sexta sorpresa.
A medida que se aproximaba el final del año, comenzamos a escuchar hablar del Tinkunako. En realidad, nos dijeron que el verdadero nombre es Tinkunaku, y que significa en el idioma Diaguita, el encuentro de Dios con el pueblo, pero que se resume en la Fiesta del Encuentro.
Tuvimos la oportunidad y la suerte, de observar y compartir esta curiosa y emotiva ceremonia y celebración.
Pero veamos un poco su historia, la que me fue relatada por distintos habitantes de la ciudad, algunos participantes de la ceremonia, y que escribí en una libretita, que hoy leo y a lo que puedo agregar mi experiencia y sensaciones vividas.
En el año 1593, los Diaguitas, primitivos habitantes del territorio, se levantan en armas contra el mal trato que ejercían con ellos, los españoles conquistadores de la Rioja. Se unen todas las tribus, se dice que eran cuarenta y cinco, juntan entre nueve mil y veinte mil hombres y atacan y rodean la ciudad. Don Ramiro de Velasco, fundador de la Rioja, viendo que sus armas eran insuficientes para contener a los atacantes, solicita la intervención y ayuda de Francisco Solano, monje jesuita que con su violín, crucifijo y breviario logra restablecer la calma. Pero al decir de un riojano, los Diaguitas no se chupaban el dedo, y no creían demasiado en ese Dios que no podían ver, pero que les decían, era el dueño de sus vidas y premiaba o castigaba sus acciones. Luego, el jesuita, encuentra una imagen a la que viste y acondiciona para que tome la apariencia de un Diaguita, y se las presenta diciendo que en realidad quien manda en la ciudad es este, el Niño Alcalde, quien en realidad es el Niño Dios. Aquí conviene aclarar que la imagen no se parece en absoluto al niño Dios que conocemos y se muestra en los pesebres, esta imagen es la de un niño de una edad aproximada a los ocho o diez años, vestido como un Diaguita y con una llamativa cabellera que cae sobre su espalda.
Los jesuitas, conformes con una cofradía de indígenas convertidos que adoraran a San Nicolás de Bari, patrono de la ciudad, confieren al cacique más devoto y respetado por las otras tribus, la investidura de un rey Inca, y le asignan de inmediato el gobierno de todas las tribus convertidas. Luego, convencidos que no era suficiente y que debían hacer algo para mantener la paz y el sometimiento de los indígenas, combinaron los elementos Diaguitas y el culto católico y crearon esta ceremonia, el Tinkunako. La Liturgia se conformaba con una cofradía de indígenas devotos a San Nicolás y el Niño Dios vestido de Alcalde. Doce ancianos llamados “Cófrades” formaban el consejo del Niño, similar al colegio de los sacerdotes que asistían a los reyes del Perú, mientras que la figura de los “Aillís”, representaba a la clase popular que, reconociendo la autoridad del “Inca”, le rendía culto al Niño Dios vestido de Alcalde del Mundo. Los caciques de cada tribu, recibieron el nombre de Alféreces o Caballeros de la Orden, una especie de guardia montada que obedecía al gobierno local. De este modo unían el pensamiento religioso y político, sentando las bases de un gobierno católico.
La celebración del Tinkunako, se inicia el 31 de diciembre al mediodía, con la salida de la procesión que transporta la imagen de San Nicolás de Bari desde la Catedral, mientras que de la Iglesia de San Francisco, un grupo de hombres trae la imagen del Niño Dios vestido de Alcalde, quien lleva en su mano derecha un bastón de mando, como el que usaban los alcaldes en la época colonial. La comitiva del “Niño”, va presidida por el “Inca” y dos “Cófrades”, detrás de ellos llegan los “Aillís”, vestidos de indígenas, aunque llamó mi atención la vincha con un espejo en la frente, único elemento que los distinguía uniformemente, ya que la ropa difería, igual que el calzado. (Intrigado por el significado del espejo en la frente, pregunté a una persona que por su vestimenta se distinguía del resto de la gente, y me explicó que es para que el que se dirija a cualquier “Aillis”, pueda ver su rostro reflejado en el espejo y modificar su actitud si es agresiva o evitar decir alguna mentira).
Las dos procesiones se dirigen hacia un mismo lugar, la Casa de Gobierno. La del santo en silencio, rodeada de Alféreces que portan una lanza con banderas atadas en forma de globos, en señal de aceptación de la autoridad del Niño Dios, y la del niño batiendo las “cajas” y entonando cantos en Quechua.
Al llegar frente a la Casa de Gobierno, las dos procesiones se detienen, y todos los participantes y asistentes a la ceremonia, se arrodillan tres veces ante el Niño Dios Alcalde, al tiempo que los “Aillis”, entonan cantos en quichua y en castellano, luego todos los asistentes se abrazan con la persona que tienen a su lado, en algunos casos se producen reconciliaciones impensables en otra circunstancia, mientras el Niño Alcalde ingresa a la Catedral, seguido por la imagen del santo, en donde permanecerá durante 3 días. El día 3 de enero, el Santo acompaña al Niño Dios hasta la iglesia de San Francisco, regresando luego a la Catedral, su lugar habitual.

TITO MUÑOZ

LA TRATA

LA TRATA
Drama
Gerardo salía del aeropuerto cuando fue interceptado por un hombre vestido con traje negro:
-¿Gerardo Molinari?
-Si- respondió sorprendido.
-¿Puede venir con nosotros?, nuestro patrón desea hablar con Usted, seguramente para contratarlo.
Gerardo no era hombre de sorprenderse, pero en ésta oportunidad lo habían logrado. El acababa de regresar de un país europeo, en donde se había especializado en la custodia de personas, alcanzando el más alto nivel de entrenamiento.
-Se que seguramente ustedes no saben nada, ¿pero como me conocen, y como sabían que hoy regresaba a la argentina?
-Estás en lo cierto, no sabemos nada, pero puedes tutearnos, es muy posible que el patrón te contrate, nunca hace nada sin tener todo previsto.
Gerardo se acomodó en el asiento del automóvil, y no volvió a hablar en el resto del viaje, tiempo que aprovechó para mirar la ciudad de Buenos Aires por la ventanilla, y tratar de ubicar hacia donde lo llevaban. Luego de algunas vueltas, llegaron hasta una enorme mansión, rodeada de muros, cámaras de vigilancia y mucho personal armado. Esperó en el vehículo hasta que lo invitaron a ingresar a la vivienda, en donde fue recibido por un hombre de cabello cano, elegantemente vestido, que lo invitó a sentarse mientras él hacía lo mismo.
-¿Seguramente está un poco intrigado de por qué está aquí?
-Así es- respondió escuetamente Gerardo.
-Tengo contactos en todo el mundo, y me recomendaron sus servicios, usted recién llega al país y seguramente no tiene trabajo aún.
-Es verdad, no tuve tiempo de salir a buscar.
-Bien, yo necesito a gente bien entrenada, que guarde silencio y no comente lo que vea, que sepa trabajar en equipo con el personal que custodia esta casa y a mi familia, el sueldo no es problema, el problema es la responsabilidad y la eficacia en el desarrollo de la tarea, por supuesto que hablo de su problema.
-Yo no tengo trabajo todavía, fui entrenado para lo que Usted necesita, y creo reunir las condiciones.
-Debo tomar su respuesta como un sí.
-Si señor, cuando empiezo.
-Ahora mismo, Esteban le mostrará el lugar de alojamiento, salvo que tenga familia u otro lugar para alojarse en Buenos Aires.
-Me viene muy bien, si tengo familia, pero en una provincia un poco lejos de aquí- Gerardo no creyó conveniente mencionar que el era de Villa Dolores, lugar en donde residía su familia.
-Perfecto, manos a la obra entonces, el Jefe de seguridad es Oscar, fue compañero suyo en Israel.
Al oír el nombre de Oscar, Gerardo se sintió mas tranquilo, al menos tendría un amigo, un apoyo desde el inicio, además, Oscar era un tipo confiable y muy bien entrenado.
Esteban lo llevó hasta un pequeño departamento, el cual contaba con todas las comodidades, hasta una heladera colmada de alimentos, un enorme televisor y una cama muy cómoda, en un rincón había un anafe y en la alacena lo indispensable para preparar un té o un café.
-El desayuno y las comidas se sirven a horario en el comedor, si no puede concurrir porque está trabajando, el mismo permanece abierto durante las veinticuatro horas, ahora le indico donde queda, el armamento que debe utilizar, al igual que el chaleco de Kevlar, están dentro del armario.
Así comenzó el trabajo de Gerardo, vigilando los posibles accesos a las viviendas, y acompañando al dueño, ya que le fue asignada su custodia, trabajo que realizaba junto con Oscar y que les ocupaba la mayor parte del día, pero a su vez les permitía hablar mientras esperaban a Don Coyo, como todos le llamaban. Oscar le fue enseñando las mañas, el trato y los cuidados que debía guardar para no tener problemas. Entre esos cuidados, el más importante, era el de no mirar a la hija, una niña de trece años, muy desarrollada, aparentaba mas edad de la que tenía y el padre la adoraba, también tenía dos hijos varones, pero la atención estaba centrada en su hija, Flavia era su nombre, quién tenía custodia especial de personal femenino. Gerardo en algunas oportunidades, acompañó al personal habitual de custodia de la niña, ésta nunca le dirigió la palabra, se la veía muy segura y acostumbrada al personal que su padre ponía a su disposición.
El sábado, fue llamado por Oscar para acompañar al patrón en su salida semanal. Tenía por costumbre reunirse con amigos y disfrutar hasta la madrugada en una casa en las afueras de la ciudad.
A pedido de Oscar, Gerardo se colocó el chaleco antibalas, la cartuchera sobaquera con la pistola 45, en la pantorrilla otra cartuchera con un revólver 38 de caño corto, y en la cintura, detrás de su cuerpo, el cuchillo que le fuera suministrado en algún país de Europa.
Salieron de la casa en el auto blindado, mientras los acompañaban otros dos vehículos con personal armado. Cuando el camino lo permitía, la velocidad con que se desplazaban superaba los ciento cincuenta kilómetros por hora. Pronto llegaron a un Country y se dirigieron a la más lejana de las viviendas. Una casa espectacular, que seguramente por la cantidad de ventanas, tendría más de quince habitaciones.
Estacionaron al frente, y un grupo de hombres salió a recibirnos, el Jefe abrió la puerta y dio la orden de no ingresar y distribuirnos como siempre (esto lo dijo mirando a Oscar), se bajó e ingresó rápidamente.
El auto quedó al lado de los muchos que ya se encontraban en el lugar, bajaron y comenzaron a caminar lentamente, dejando al chofer al cuidado del vehículo.
-Che Oscar, ¿que hacen allí dentro?
-Todo lo peor que puedas imaginar.
-No comprendo.
-Lo esencial de estas reuniones es el sexo con niñas de corta edad, me refiero a unos catorce o quince años, pero también hay una cena espectacular, mucha bebida y drogas, mucha droga.
-¿Y quienes vienen aquí?
-Aunque no lo creas, la mayoría de los asistentes son políticos, gobernadores, ministros, sindicalistas, en fin, personajes con algún poder, aunque también vienen algunos empresarios de alto nivel.
-No puedo creerlo ¿y de donde sacan las chicas?
-No he querido indagar demasiado sobre este tema, dicen que las contratan, aunque pienso que a algunas las secuestran, la mayoría son estudiantes, chicas normales que sus padres creen que están en un boliche con sus amigas, y son convencidas de pasar una noche de película, aquí encuentran de todo lo que pueden soñar, comida exótica, bebida sin límite, las drogas que quieran o se les ocurra, y sexo, mucho sexo, aunque nunca se enteren con quién se acostaron, les colocan una especie de antifaz que les cubre los ojos, para que no puedan ver con quienes están. En este momento las chicas están bailando y disfrutando con muchachos de su edad, que fueron contratados para divertirlas, ya tienen experiencia y saben lo que hacen, cuando las chicas están listas, llaman a un encargado que las acompaña hasta un dormitorio, en donde las desvisten y las esposan, luego les colocan el antifaz y llaman al que paga por ella.
-Que porquería hermano, no me imaginaba que podría realizar un trabajo como éste.
-Pará la mano, no te confundas, esto solo lo sabés vos porque yo te lo cuento, nosotros solo hacemos seguridad, no te confundas, no tenés nada que ver con lo que pasa adentro.
-Lo que ocurre es que siento asco, esto que me cuentas ocurre en todo el mundo, la mujer es considerada un objeto sexual.
-Querido mío, y eso es lo que son, objetos sexuales, y no me vengas a hablar de tu madre ni de tu hermana, ellas zafan porque te tienen a vos y a tu padre, pero fijáte que uno de los problemas que tiene Don Coyo, es que le gustan las vírgenes, pero ya no quedan chichas vírgenes, a los doce años ya tienen relaciones sexuales o en algunos casos siendo mas pequeñas, los tiempos cambiaron, la mujer tomó la calle y la delantera, y los padres las preparan, las visten y arreglan para que se vean sensuales, para que sean una buena oferta.
-Yo creo que no lo hacen con esa finalidad.
-Mirá yo no quiero discutir sobre este tema, solo opino de lo que veo, en todo caso de la irresponsabilidad de vestir a sus hijas con poca ropa, y permitirles salir y pasar la noche en lugares que ellos ignoran, en donde hacen lo que quieren o les hacen lo que quieren, y regresan a la casa cuando salió el sol, ¿que ocurrió mientras los padres dormían?, solo ellas lo saben.
-¿Cómo sabes que son niñas de corta edad?
-La verdad es que con los años, cuatro ya, El Patrón fue adquiriendo mayor confianza conmigo, es como si necesitara a alguien con quien conversar de ciertos temas. El tiene la costumbre, una vez que finaliza con la chica de turno, de sacarle el antifaz, previamente el oculta su rostro con otro elemento similar, y les toma fotos, varias fotografías desde muchos ángulos y luego de su rostro, no sé cual es la finalidad, pero luego me muestra cual estuvo esa noche con él.
-No entiendo como pueden proceder de este modo, el tiene una hija a la que adora, y por lo que me dices tiene la misma edad que las amantes de su padre.
-Claro, ¿pero vos imaginas que a Flavia le puede pasar algo?, no es al cien por ciento de los casos, pero si prestas atención a las noticias, la gran mayoría de las chicas raptadas o violadas, pertenecen a clase media, media baja o muy pobres, y no me estoy refiriendo solamente a bienes materiales, sus padres carecen de educación, no tienen la capacidad de evaluar riesgos, su hija les dice que va a bailar con unas amigas, reciben un “cuidáte” como despedida, y la vuelven a ver cuando despiertan a la mañana, no saben con quién ni por donde anduvieron, en cuanto a las clases mas altas, no hablemos de Don Coyo, pero de familias de cierto nivel, los padres se comunican, conocen a las amigas y en la mayoría de los casos las llevan o traen los padres de las fiestas.
-Si si, es verdad lo que dices, el otro día Jorge me contaba que en la puerta de un boliche cercano a su casa, las chicas tienen sexo oral con los chicos, para ganarse unos pesos y pagar la entrada o los tragos en el interior.
-Y es verdad, yo trabajé de custodio dentro de un boliche, y pude observar como consumen alcohol y drogas, y luego tienen sexo con más de un chico. Por eso cuando quedan embarazadas no saben quién es el padre del bebé.
-Carlos decime la verdad, ¿vos tenés ese concepto de la mujer?
-No quedáte tranquilo, yo también tengo hijas, y si algo les pasara me vuelvo loco.
-¿Y aquí nunca hubo ningún problema?, me refiero a sobredosis ¿o a algún exceso por parte de los hombres?
-Dicen que sí, en esos casos hacen desaparecer los cuerpos, hay un pozo cercano, en donde las tiran y luego les arrojan cal viva, en muy poco tiempo no queda nada del cuerpo.
A todo esto, Don Coyo ya había sido llamado a una habitación, adonde ingresó con sus ayudantes, dos mujeres que lo acompañaban en estas salidas clandestinas. Una verificó el estado de virginidad de la niña, la cual estaba desnuda, esposada a la cama, con los brazos y piernas abiertas y el antifaz colocado. Luego entre las dos lo ayudaron a desvestirse y una de ellas intentó colocarle el preservativo:
-No, esta vez no, quiero que tenga un hijo y que no surja ninguna duda de su paternidad- dijo apartando a la ayudante.
Se acercó luego a la cama, y se introdujo entre las piernas de la niña.
El tiempo fue pasando, y Don Coyo experimentó y disfrutó de lo aprendido en su vida. Al principio la niña no tenía consciencia de lo que estaba ocurriendo, pero luego comenzó a despabilarse y a sentir. Al final, como era su costumbre, se colocó el antifaz, tomó la cámara de fotos que una de sus ayudantes le alcanzó, y comenzó a tomar fotos del cuerpo primero, luego pidió a una de sus ayudantes que le quitara el antifaz, tomó una foto y saltó hacia atrás espantado, al momento que gritaba:
-¡Flavia! ¡Hija mía!
-¡Papá! ¿ sos vos?

TITO MUÑOZ

LA MUERTE NO EXISTE

Para pensar
Caminaba lentamente por Plaza Sarmiento, cuando desde una ambulancia que pasaba en ese momento, me hicieron señas para que me acercara.
-¿Puede subir señor?, Carlos desea hablar con Usted.
Subí a la ambulancia y lo vi, muy demacrado, con la bigotera de oxigeno colocada y en cómoda posición, semisentado.
-¿Que te pasó Milico?
-Qué suerte que te encontramos, ésta será la última vez que nos vemos, por la tarde me trasladan a Tandil, quiero morir en mi ciudad natal, pero antes quiero contarte algo, que yo creo que es el motivo que me mantiene con vida.
-¿Pero qué te ha ocurrido?
-Colapsó mi pulmón derecho y el otro no alcanza para mantenerme con vida, es cuestión de días nada más, pero a propósito del pulmón derecho, yo te conté que cuando estuve en Malvinas, me pegaron tres tiros por la espalda.
-Sí, claro que lo recuerdo.
-Los ingleses me lo parcharon muy bien, pero hace unos días dijo, hasta aquí llegué.
-¿Y sufrís mucho dolor?
-No por suerte, estoy con morfina, cuando me hirieron, tampoco sentí nada, vos sabés que cuando se produce una herida, de inmediato es comunicada al cerebro, pero cuando la información es mucha, como fue en mi caso, es como que se saturan las líneas de comunicación, y no llega esa información al cerebro, entonces no sentís nada. Y justamente de eso te quería hablar. Cuando me hieren en las Islas, avanzábamos en medio de la oscuridad hacia el Monte London, sabíamos que allí se refugiaban los ingleses, y planeábamos una emboscada, los atacaríamos por dos lados simultáneamente, pero la sorpresa se rompió cuando me dispararon. Caí al suelo violentamente, al tiempo que comencé a elevarme, vi mi cuerpo tirado en rara posición, al pelotón dándose a la fuga rápidamente, quise avisarles que el enemigo había reaccionado y avanzaban hacia ellos, pero no me escuchaban, en ese momento apareció mi hermano, le pregunté qué hacia allí y me dio un abrazo. Los ingleses descubrieron mi cuerpo, y uno de ellos me hizo girar con el pie. Hablaban en su idioma pero yo los entendía como si fuera castellano. Cuando me movieron un ronco quejido brotó de mis labios:
-Acá hay uno herido, y me parece que es un oficial- gritó el inglés.
De inmediato revisaron mi ropa, y cuando comprobaron que mi grado era el de Teniente Coronel, llamaron a los camilleros, me cargaron y llevaron hasta el otro lado del cerro, me subieron en un helicóptero y me llevaron hasta un barco. De a ratos podía ver todo lo que hacían desde arriba o al lado de ellos, nadie me prestaba la menor atención, se ocupaban de mi cuerpo solamente. Querían que recobrara la conciencia para interrogarme. Luego perdí el conocimiento por largo tiempo, cuando desperté, estaba internado en un hospital muy lindo, en Gran Bretaña, todos hablaban en inglés y yo no entendía nada, lo que me llamó profundamente la atención, porque antes si los comprendía. Una enfermera de habla española, me dijo que llevaba más de un año internado, que estaba en un hospital militar, y que me habían realizado varias operaciones, aunque ahora venía la que ella consideraba la más peligrosa. Pude ver gran parte de la operación desde distintos ángulos del quirófano, escuchar lo que hablaban, las dudas que en un momento tuvo el cirujano y cuantas personas, y quienes, participaron o estuvieron allí, todo esto lo comenté con la enfermera bilingüe, quien fue anotando todo lo que le contaba, luego ella lo tradujo y lo informó a sus superiores, vinieron a hablar conmigo, y tuvimos muchos meses de charlas, de preguntas que por suerte pude responde y razonar con ellos, y todo eso me llevó a trabar amistad con varios profesionales de la institución.
-O sea que vos viste el túnel o la luz como la definen algunos.
-Esto que me preguntas es muy importante, hace unos días que comencé a elevarme nuevamente, aparentemente tengo paros cardiorespiratorios, y a ingresar en esa hermosa dimensión, te digo que es hermosa, porque pude volver a ver a mis seres queridos, a abrazarlos y escucharlos, estoy llegando al final de mi existencia, y en cuanto a la luz o al túnel, eso se ve después, creo, es como una sucesión de etapas en las que te sientes maravillosamente bien. Seguramente alguna vez leíste que el universo mantiene su equilibrio basado en fuerzas electromagnéticas, esas fuerzas emiten una vibración, de ese modo se transmite su poder por todo el universo, ahora bien, en el primer tramo de tu ingreso a esa otra dimensión, te encuentras con tus seres queridos, y comienzas a armonizarte con otra dimensión, cuando comienzas a vibrar al mismo ritmo que el universo, aparece la famosa luz de la que algunos hablan, e inicias un viaje acercándote a ella, yo no ingresé, por eso estoy aquí, hubo algo que me hizo regresar, no puedo explicártelo porque no lo sé, es como si hubiera llegado hasta el umbral, se siente que al otro lado o adentro, hay seres o fuerzas muy poderosas, esas que a veces le damos el nombre de Dios, pero no son iguales a los que nos meten en la cabeza desde niño, o a los que conocemos a través de la lectura de los libros de distintas religiones, es como algo mas armonioso, más hermoso, más confortable, en una palabra te sientes como jamás hubieras imaginado.
-¿Sentiste en algún momento que tenías que rendir cuentas por las cosas que habías hecho mal en este mundo en el que vivimos?
-No, no hay nadie que te juzgue ni te reclame nada, al menos en donde yo estuve, solo sentí una paz que nunca había experimentado, una sensación de bienestar y felicidad sin límites, los seres a quienes quiero me acompañaban y los veía tan bien que no podía creerlo. Te acuerdas que te conté hace un rato que en Malvinas vi a mi hermano, pues bien, él había muerto hacia dos días, yo no lo sabía, pero tampoco razoné que de otro modo no podría verlo, no podría estar allí, claro, tampoco sabía que yo había dejado de existir en este mundo o en esta dimensión.
-¿Por qué esperaste hasta hoy para contarme todo esto?
-Sentí el otro día cuando viajé, así le llamo yo a mis vuelos, que debía informar, dar a conocer mi experiencia, la muerte no existe, debemos dejar de pensar y temer por todas las pelotudeces que nos enseñaron desde niño, en nuestras casas, las religiones etc., nada de eso es cierto, seguimos, no sé si decir viviendo sea lo correcto, pero sí continuamos teniendo la conciencia que hoy utilizamos, la misma memoria, es algo increíble, ahora no sé qué les ocurre a los que se quitan la vida, yo conocí a gente que murió violentamente y a seres que se fueron por causas naturales, o enfermedades, y que tuvieron cortas regresiones. Pero ¿Qué te pasa, por qué esa cara?
-No sé, estoy pensando, me decís que este tema lo trataste con gente a quien le pasó lo mismo, pero tampoco comprendo por qué precisamente a mí me cuentas esto.
-Vos no te imaginas la cantidad de gente que es resucitada en esos hospitales, yo no podía hablar directamente con los pacientes porque no conocía su idioma, pero cuando la enfermera me ayudaba o la gente de quien me fui haciendo amigo me traducía, pude darme cuenta de que es algo que nos ocurre y ocurrirá a todos, y en cuando a porqué te elegí a vos, en primer lugar porque te conozco y luego porque vos escribís y contás todo, es un modo de comunicar mi experiencia. Ahora te pregunto, hay anécdotas como la del Mazamorra o tu propia experiencia en el grupo Conintes, ¿por qué no las cuentas?
-Quizás algún día, ya veremos, todo está muy convulsionado, a la gente le mintieron demasiado y todos los días leo opiniones, de personas que consideraba inteligente, que me sorprenden, hacen gala de tanta ignorancia con total naturalidad, y critican y opinan sin tener un mínimo de conocimiento de lo que dicen, por eso te repito, no lo sé.
-Pero esto que yo te conté, mi experiencia, si lo vas a contar verdad.
-Seguramente, vos lo que querés es que se conozca tu experiencia.
-No solo eso, lo que yo quiero es que la gente sepa que la muerte no existe.
-Mirá Carlos, no es tan fácil lo que me pides, sobre lo que me contaste hay miles de publicaciones y estudios, y seguramente cada día habrá más, no creo que vos aportes nada nuevo, pero no se…
-¿Tenés miedo de arruinar tu reputación?
-No hablés pavadas, yo solo soy un tipo que escribe historias, cuentos, anécdotas, leyendas, y lo hago porque me gusta escribir, se que muchos me leen y a muchos les gustan mis historias, también soy consciente de que generan pensamientos diversos, los que escribimos transmitimos ideas, pensamientos, y debemos tener cuidado con lo que decimos y tratar de no dañar a nadie, ¿me entiendes?
-Me acordé de algo muy importante Tito, no se si se da en todos los casos, pero parece que cuando estás cerca del final, ocurren cosas o cambios importantes que te anuncian la partida, vos sabes que mi carácter siempre fue un poco bravo.
-Una porquería resumiéndolo en pocas palabras.
-Bueno quizás un poco así, pero cuando estábamos en las islas, un día me puse a observar la entrega de la correspondencia que le llegaba a los soldados, y vi que algunos nunca recibían nada, y miraban con un dejo de tristeza a sus compañeros que disfrutaban de las noticias del continente, entonces hablé con un suboficial que tenía mucha llegada con los soldados, y le pedí que se acercara a los que no recibían correspondencia, con la idea de averiguar un poco de sus familias, para luego escribirles nosotros, inventando cartas familiares, para brindarles un poco de alegría, como si les escribieran desde sus casas. El tipo me miró sorprendido, pero cuando se dio cuenta de que yo hablaba en serio, se entusiasmó y se abocó a la tarea. Pronto éramos varios los que les escribíamos y me sentía muy bien cuando veía la alegría de esos muchachos, recuerdo el caso de un soldado que no sabía leer ni escribir y en su casa tampoco, tuvimos que inventarle un vecino que generosamente escribía lo que los familiares querían transmitirle, y aquí alguien le leía las cartas, no te imaginas la felicidad que irradiaba ese muchacho. Desde ese momento mi vida cambió, comencé a mirar a la gente de otro modo, por eso el día que me hirieron yo iba al frente del pelotón, algo que los oficiales no hacen jamás. En fin, te reitero, cuando algo está por pasar, siempre existe un aviso previo, eso también les ocurrió a la gente con quienes pude intercambiar experiencias, solo hay que saber verlos o interpretarlos. Yo necesito que escribas todo esto.
-Bueno, pero primero me tomaré mi tiempo para pensar.
-Qué tiempo creés necesitar.
-Quizás un día o dos ja ja.
-Bueno me voy, sé que algún día volveremos a encontrarnos, un abrazo amigo.
-Buen viaje Carlos…

TITO M

LA REZADORA

LA REZADORA
Historia con ficción
A las diez de la mañana, apareció la combi que traía a varios ancianos a la plaza, entre ellos a Carlos, quien descendió con alguna dificultad ayudado por su bastón. De inmediato se dirigió hacia el banco en el que yo estaba sentado.
-¿Cómo andás Tagarna?
-Esperándote, milico cagón.
-Tratáme bien o no te cuento la historia que estás esperando.
-Dale, vení sentáte o te quito el bastón.
Luego de alguna charla intrascendente, Carlos comenzó a contar:
-¿Cuántos años tenías cuando fuiste al primer velorio familiar?
-No recuerdo bien, creo que doce o trece, cuando falleció mi bisabuela.
-En esos tiempos, además de la “Rezadora”, también se contrataba a la “Llorona”, era una mujer que a una señal de quién la contrataba, comenzaba a llorar a los gritos y a pronunciar los clásicos comentarios: “tan bueno que era”, “y pensar que ayer estuvimos juntos”, etc. Nunca entendí bien su función, pero era como el director de orquesta, solo que ella dirigía el llanto.
-A lo mejor el muerto había sido un hijo de perra y nadie tenía deseos de llorarlo, quizás la contrataban para evitar algún festejo, pero yo nunca conocí a ninguna.
-Pero a la rezadora seguro que la conociste.
-Si, a esa sí, rezaba en el velorio y luego en los días de la novena, pero no era Doña Clara.
-Escuchá, Clara no era una mujer común, ella era monja.
-Va, dejáte de joder y hablá en serio.
-Te cuento lo que yo sé, ella estaba en un convento en la Provincia de Santa Fe, y un día se dio cuenta de cuanta gente necesitaba ayuda, y que precisamente rezando, no era el modo de llegar a ellos, entonces armó un atado con sus cosas y se marchó. Por esas cosas de la vida vino a parar a Villa Dolores, vivía muy cerca del Hospital, cuando éste funcionaba frente al Cementerio, y desde allí acudía a los hogares que la necesitaban, pero además de rezar, consolaba a los deudos, les hablaba con mucho cuidado, tratando de tocar sus fibras más íntimas, buscando que el razonamiento ayude a que esas personas que sufrían una pérdida, comprendieran que todo formaba parte de la ley de la vida, que es un camino que todos recorreremos, ayudaba a los viudos a razonar y puedo asegurarte que siempre lograba su cometido. Si te esfuerzas un poco, seguramente la recordarás, sus vestidos eran largos, siempre usaba mangas largas y un pañuelo cubría su cabeza.
-Mirá, no sé si la imagino o la recuerdo, pero creo que no la vi nunca ¿vivía sola?
-Una familia le daba alojamiento, a y sabés, tenía un enamorado, locamente enamorado, el “Floripondio”.
-Oh no, pobre mujer, ¿y era linda?
-De cara si, tenía unos ojazos, el resto no se veía por la ropa que utilizaba.
-Pero volviendo al “Floripondio”, que impresionante el perfume que usaba, dos cuadras antes de que llegara ya se lo podía oler.
-El “Floripondio” se le declaró, y ella le dijo que estaba casada con Dios, que era una monja. Recuerdo que el “Floripondio” anduvo como dos semanas con la boca abierta, no lo podía creer, luego Clara se hizo amiga de los hermanos del loco este, en realidad toda la familia aprendió a quererla. Te traigo esto a colación, para que comprendas lo que ocurrió. ¿Te acuerdas del Negro Pizarro?
-Claro, el que fabricaba arcos y flechas y por las noches salía a cazar a los perros callejeros, esas mascotas que la gente dice amar, pero que los deja sueltos en la calle.
-Ese mismo, el Negro estaba enloquecido por la monja.
-¿No me digas que también se enamoró de ella?
-No exactamente, el Negro estaba “alzado”, se la quería voltear, no importaba donde ni cuando, él quería hacerla su mujer, así fue que una noche se tomó unos tragos de más, para darse coraje, y la esperó junto a una obra abandonada, en el lugar más oscuro, mientras seguía dándole al trago. En un momento la vio acercarse y se preparó, cuando Clara llegó a su lado, la tomó de la cintura y la metió dentro de la casa en construcción, allí comenzó a besarla y sus manos recorrieron su cuerpo lascivamente, deteniéndose especialmente en algunos lugares, que no hace falta que te aclare, besaba su boca y apoyaba y refregaba su masculinidad contra el cuerpo de la mujer, mientras ella sentía que su corazón se disparaba, su respiración se hacía agitada, y pensaba que podrían mancillar su cuerpo, pero que su mente y su corazón pertenecían a su Dios. El Negro estaba entusiasmado, no había encontrado resistencia, y mientras mantenía una mano jugueteando entre las piernas de Clara, comenzó a desprender los botones de la blusa de la mujer, entonces fue que sintió un fuerte olor a transpiración, bajó la cabeza para olerse sus axilas pero no era él, entonces se dio cuenta de la cantidad de ropa que llevaba esta mujer, quién seguramente había pasado el día trabajando, sacó la mano que mantenía jugando entre las piernas, y casi se descompone por el olor. Su deseo desapareció como por arte de magia, dio un paso atrás y le dijo, mañana te espero en este lugar, pero te quiero, bañada, perfumada y sin tanta ropa.
-¿Por qué me haces esto?, yo soy esposa de Dios y sus ángeles guerreros te castigarán, te buscarán por donde vayas, no tendrás un lugar para esconderte.
-El Negro se fue rápidamente, pero las palabras de la mujer quedaron retumbando en sus oídos.
Clara jadeaba violentamente, introdujo una mano entre sus ropas y la apretó fuertemente con sus piernas. Su respiración se hizo incontrolable, sintió que se mareaba, se hiperventilaba, y de pronto, de sus entrañas surgió un grito poderoso, más bien un alarido. El negro que ya estaba a más de una cuadra de distancia, la escuchó, y un escalofrío corrió por su cuerpo, tuvo miedo y comenzó a correr. No paró hasta llegar al Bar “El Vómito”, en donde pidió una botella de vino que apuró en silencio. Salió a la puerta como para irse, pero tuvo miedo y volvió a entrar, como tenía poca plata pidió un tetra y lo abrió con los dientes.
-¿Cómo un Tetra?, en esa época no existían, me estas cargando.
-Ja ja, quería saber si estabas atento.
-Dale Guacho, seguí contando.
Al día siguiente, la mujer pasó por el mismo lugar pero no había nadie. El Negro se había acobardado. La Rezadora se sentía culpable, sentía que había pecado, sentimientos contradictorios la desconcertaban y la desorientaban.
-Clara, comentó lo que le había ocurrido a la familia del “Floripondio”, al día siguiente. La indignación de todos fue la esperada, había que escarmentar a Pizarro. Clara, quién ya había pensado en ello, les mostró un libro que llevaba, y les leyó un artículo que mencionaba y daba las instrucciones para preparar una poción, que producía un efecto similar a la muerte a quién la consumía. Una especie de catalepsia, con una duración de unas treinta horas, el tiempo suficiente para darle un gran susto a Pizarro. Planificaron cuidadosamente los pasos a seguir, tratando de no dejar cabos sueltos, como suele decirse, y cuando lo volvían a revisar, cada vez encontraban mejor las cosas.
-Che, es increíble lo que me cuentas.
-Ja, pero ahora viene lo mejor. El Negro todas las noches cenaba en el Bar “El Vómito”, frente a Plaza Mitre, y luego pedía un té bajativo. Compraron las semillas mencionadas en el libro de Clara, en casa Longo, en calle Italia, hicieron la mezcla y uno de los muchachos se encargó de hablar con un amigo que trabajaba en el bar mencionado. Esa noche el Negro cenó como lo hacía habitualmente, tomó el té especial y se marchó un poco más temprano que de costumbre, llegó a su casa y se acostó para dormir y descansar, se sentía agotado. Cuando su mujer fue a la cama, notó que el Negro no respiraba, llamó a los gritos a sus hijos, uno de ellos corrió a buscar ayuda. Rato después un médico confirmó la noticia, el Negro Pizarro había muerto.
En realidad lo que producía el mejunque que había ingerido, era una ralentización de las funciones vitales, con los elementos de la época, no era fácil, por ejemplo, escuchar los latidos del corazón, la respiración era muy lenta también, por lo que todos creyeron en el deceso de Pizarro.
Como estaba planeado, el servicio de sepelio, fue provisto por Casa Espósito, de la esquina de calle Italia y Felipe Erdman, en donde trabajaba uno de los hermanos del Floripondio.
Todo fue fácil, porque la familia de Pizarro, no estaba dispuesta a gastar demasiado, y lo proyectado era colocarlo en un nicho, y cuando la gente se retirara, quitarle la tapa al ataúd, para que el Negro no se asfixie, y que despierte dentro del cajón en el nicho, seguramente el susto que se pegaría, le cambiaría la vida y se arrepentiría de sus malas acciones. Clara también le hablaría y le diría que Dios le había dado una segunda oportunidad.
Pero viste como son las cosas en ésta vida, el Diablo metió la cola, y al negro no lo pusieron en un nicho, lo sepultaron en el suelo, y apenas se retiraron los asistentes, los empleados del Cementerio lo cubrieron con tierra.
-¡Noo, no puedo creerlo, que tragedia!
-Si es verdad, una verdadera tragedia que le cambió la vida a todos, Clara desapareció esa misma noche y Floripondio y su familia se fue en los días siguientes.
-Pero cometieron un crimen.
-Y si, se comentó en ese tiempo, que habían intervenido los “duendes” de Plaza Sarmiento.
-Quizás eran los ángeles guerreros de Dios.
-Quizás.
-Y vos como te enterás de todos estos detalles, porque imagino, de acuerdo a lo que cuentas que la policía no intervino.
-No, yo me entero varios años después, me contó todos los detalles un hermano del Floripondio, un buen tipo, pero que nunca se repuso, el remordimiento no lo dejaba dormir, soñaba que Pizarro se le aparecía y le reclamaba por su vida. Cuentan que fue varias veces a Plaza Sarmiento, pero los duendes no lo atendieron, eso confirma que no le daban bola a cualquiera.
-¿Y qué fue de este hombre?
-Se ahorcó, seguramente alguna vez escuchaste la noticia, vivía en el Sarmiento.
-Bueno Carlos, allí te vienen a buscar.
-Será hasta la próxima historia entonces.
-Hasta la próxima historia.

TITO MUÑOZ

SEÑORA DE LAS PLANTAS

Seguramente muchos la recuerdan.

Como lo hago frecuentemente durante mis visitas a Villa Dolores, decidí caminar un rato por Plaza Sarmiento. Me calcé las zapatillas, tomé el contenido de una botella de Stella Artois, (por eso de la deshidratación ¿viste?), y me fui a la Plaza.
Finalizaba la primera vuelta, cuando tuve que buscar un lugar para sentarme, las zapatillas se habían cansado y necesitaban reponer energías. En un banco con sombra había un hombre apoyado en un bastón, con la mirada fija al frente. Me senté a su lado y no se movió. Pensé que podría ser una figura de cera, y estaba por averiguarlo quemándolo con un cigarrillo, cuando giró su cabeza, me miró fijamente y me dijo:
-¿Vos sos el Tito?
Sorprendido, no lo reconocí, asentí con un movimiento de cabeza.
-Hace muchos años que no nos vemos- dijo a continuación.
Mi cabeza trabajaba a full, tratando de recordar a quien pertenecían sus facciones. Estaba muy deteriorado.
-Ya veo que no te acordás de mí, fui tu instructor en el Servicio Militar.
-Si ahora me acuerdo de vos, sos Carlos, fuimos compañeros en la escuela primaria. Si habremos jugado a la pelota en la canchita, aquí a la vuelta. ¿Pero qué hacés con ese bastón, trajiste a pasear a tu abuelita?
-No seas tarado, estoy bastante mal, sin el bastón no llego a la esquina.
-Vos eras un tipo con mucha preparación física, recuerdo que fuiste paracaidista, buzo táctico etc., creo que ya eras capitán cuando hice la colimba, que te pasó.
-En Malvinas, me metieron tres tiros por la espalda. Pero no fueron los ingleses, las balas vinieron de nuestras propias trincheras.
-A la pucha, y sabés como fue eso, aunque ya me imagino, alguien que aprovechó la oportunidad, vos eras bastante guacho, yo te hubiera metido todo el cargador.
-No, ni me interesa, a mí me recogieron los ingleses y me trataron durante más de tres años, ellos me salvaron la vida. Me llevaron en avión a Inglaterra y allá me hicieron varias operaciones.
-Vos estás agradecido de los ingleses entonces.
-Mirá, cuando pude regresar, mi mujer ya tenía dos chicos con otro marido, el ejército me quiso otorgar un ascenso y el gobierno me lo negó, vivo solo como un pordiosero, no tengo mucho para agradecer.
En ese momento llegó un hombre tirando de un carrito, ofreciendo queso de cabra y arrope de miel, de tunas, de higo, de chañar y miel pura de abejas, salame y algunos otros fiambres diciendo que eran de la colonia (seguramente de la colonia Holandesa, de las Tapias). No le compramos, pero al verlo tirar de su carrito, sufrí una extraña experiencia, una especie de Deja Vu, y se lo comenté a Carlos.
-Me acaba de ocurrir algo muy extraño, ¿te acordás cuando me contabas que cuando estabas en el Colegio Militar de la Nación y te enseñaron a saludar con el sable, a vos te pareció que ya habías vivido ese momento?, bueno me acaba de ocurrir algo similar. ¿Pero no te molesta que hable tanto?
-No, dale contáme, yo no puedo hablar demasiado, me fatigo mucho.
-No sé si te acordás, pero cuando yo era un niño, venía a la siesta a leer revistas o algún libro de cuentos a la plaza.
-Si claro que me acuerdo.
-Algunos días, yo veía pasar a una señora, tirando de un carrito como el de este hombre, vendiendo plantas y flores.
-Si la conocí, doña Alcira, vivía cerca de mi casa.
-Yo la reconocía cuando venía, porque escuchaba sus pasos, caminaba arrastrando los pies, inclinada hacia adelante tirando de su carrito. Yo la miraba disimuladamente, y seguramente ella también, y un día me comenzó a saludar:
-“Hola pichón, siempre leyendo vos”
-Adiós señora- era mi respuesta, no me gustaba que me dijera pichón. Esto ocurrió durante mucho tiempo, cierro los ojos y me parece verla venir con su paso cansado, su blanca cabeza protegida con un pañuelo de desteñidos colores, tirando de su carrito con ruedas de bicicleta, cargado de pequeños tarritos con plantas que ofrecía con voz queda. Me parece escuchar el compás de sus pasos cansados, arrastrando sus zapatos por las calles de la ciudad. Pero siempre me llamó la atención la limpieza de su ropa, gastada, remendada pero siempre limpita.
Con el tiempo, yo no volví a la Plaza a leer, pero esta mujer, había impactado de tal modo en mí, que cuando hacía frio y la recordaba, o cuando llovía o corrían fuertes vientos, pensaba que a lo mejor ese día, en el cual no podía ejercer su comercio, no tendría dinero para comprar su comida. No supe más de ella, si tenía familia, donde vivía, ni siquiera su nombre, hoy vos me dijiste que se llamaba Alcira, pero tengo mis dudas, me parece recordar que su nombre era Clara, ¿Qué fue de ella?
-No Clara era la rezadora, esa si que es una historia, pero volvamos a Alcira.
-Esa pobre mujer tuvo una vida muy triste, madre de cuatro hijos, llevaba una vida de ama de casa, eran pobres pero tenían lo imprescindible para vivir, los hijos estudiaron, y cuando los dos mayores terminaron el secundario, el padre un día los llevó a trabajar con él y nunca más volvieron. Ella quedó sola con dos hijas, que tendrían dieciocho y veinte años a lo mejor, no recuerdo bien, pero no tenían de que vivir. La hija menor se fue con un novio y la otra pronto la siguió. Alcira quedó solita en esa casa. Los vecinos la ayudaban dándole un plato de comida todos los días, y ella retribuía realizando tareas de limpieza, lavado y planchado de ropa, cuidado de niños etc., pero su desgracia no terminó allí, un día la desalojaron porque no podía pagar el alquiler, le sacaron sus pocas pertenencias a la vereda, y se fue a vivir a un terrenito cerca de las vías del ferrocarril. Allí los vecinos, entre todos, le construyeron una piecita, precaria pero muy firme, cavaron un pozo que le sirvió de letrina, con una manguera y una canilla, un vecino le dio agua y unieron varios cables para llevarle electricidad. Ella lo único que tenía era una radio que permanecía siempre encendida, no se podía apagar, y una sola lámpara en medio de la habitación. De su antigua casa solo pudo rescatar la cama, una mesa pequeña, dos sillas y algunas perchas que colgaba de un alambre con su ropa.
Entonces fue que comenzó a cultivar plantas, pedía gajitos que luego plantaba y cuidaba, y con ellos logró tener una importante variedad que luego vendía. A pocos metros pasaba una acequia de riego, y en sus orillas plantó varias especies que le dieron las flores que vendía.
Un día la encontraron sin vida sobre su cama, nadie supo de qué murió ni cuando, pero recuerdo que pasaron casa por casa recolectando dinero para pagarle el sepelio, de sus hijos no se supo nada más, ninguno estuvo en su entierro.
-Vos sabés que te escucho y es como si una parte de mi vida, que había quedado pendiente de pronto se aclarara, ahora me doy cuenta que aprendí a querer a esa sacrificada mujer.
En eso llegó un vehículo, bajaron una silla de ruedas y se lo llevaron a Carlos, pero antes de que cerraran la puerta me gritó:
-Che Tito, si mañana andás a la misma hora, te cuento la historia de la rezadora.
-Dale, mañana vengo.
Me quedé un poco triste, no imaginé ese final para la Señora de las Plantas. Comencé a caminar hacia mi casa, y traté de imaginar con que historia me saldría mañana Carlos, pero un día pasa rápido, mañana se los cuento.

TITO MUÑOZ